Dado que soy un sapiensito cuyo defecto o virtud es analizar todo o
casi todo, me puse a pensar en la inmortalidad del cangrejo… Y en lo
contradictorios, indecisos y procastinadores que somos y nos gustar ser a
esta raza superior; o humana como quieran llamarle.
¿Cómo nos
empezamos a comunicar cuando pisamos por vez primera ésta canicota? Si
nos vamos a la cuestión Darwin quiero decir- porque si nos vamos a la
cuestión Adán el único problema fue que el señorcito ése (Adán, no el
Señor con S) bien pudo haber dicho NO a la manzana y a la fecha
estaríamos gozando del paraíso en mood no hagas nada, sin ropas,
amándonos unos a otros y viviendo juntos cual enorme comuna hippie-
¿Nos comunicábamos por señas? ¿Oghs oghs? (que cliché tan espantoso pero
es lo único que se me ocurre) ¿Cómo le hacíamos entender a la otra
persona lo que queríamos? Creo fue ahí cuando empezamos a realizar
dibujos en las paredes y comunicarnos mediante éstos pero ¿La otra
persona nos entendía realmente?
Después llegó esta maravilla
llamada lenguaje y escritura y bueno no me explayaré sobre la escritura
en los tiempos de hoy - entiéndase emojis, memes, gifs y demás
parafernalia- aunque es irónico porque creo que con ésto regresamos a
los tiempos de los dibujos en las paredes y creo, según mi humilde
pensar, que nos damos a entender mejor.
El lenguaje al día de hoy es enorme vastísimo y cambiante, así como
somos los sapiens hoy en día; y aunque tratamos de ser claros, concisos,
contundentes y exactos, nos ha dado por no llamarle al pan, pan, al
vino, vino, a no dar las cuentas claras y el chocolate ahora lo pedimos
espeso pero con leche deslactosada light, pero sí que sepa a chocolate
fuerte, ¿Estoy siendo clara, correcto?
A todo le damos mil vueltas
y más si es para dar nuestra opinión, o punto de vista, todo con tal de
no ofender o “herir poquito” a nuestro interlocutor con nuestra forma
de pensar. No decimos no cuando debemos hacerlo, y el sí pocas veces lo
decimos con enérgico enfásis como debe ser. O peor aún las decimos
seguidas de “PERO”, palabra que casi siempre causa más problemas que
soluciones.
Y si nos extendemos más allá del lenguaje encontramos
nuestra forma de ver y desear cosas, personas, situaciones, lugares:
Luchamos por algo y cuando lo tenemos nos deja de fascinar, ¡Ah! Mas si
nos es arrebatado o quitado ese “algo” nos quedamos perplejos, y si
tuviéramos a quién reclamar (oséase al de allá arriba) sería algo como
esto:
“-¿Porqué me lo quitaste [inserte aquí la situación de su preferencia]-
- Pues ya no lo querías por eso te lo quité.
- Pero yo te lo pedí.
-Pero te estabas quejando..“Y así por secula seculorum.
Y
no le echemos la culpa, Él sólo nos dió el libre albedrío, las
complicaciones y demás situaciones solitos nos la creamos. Y hasta
pareciera que nos encanta.
Creo yo que cuando sabemos lo que realmente queremos es cuando somos niños. Como hasta los 6 años.
Si
queríamos comer, llorábamos, o lo decíamos; “tengo hambre y tengo ganas
de..” y de ahí pal real. Lo que fuera, desde agua hasta una pizza.
Si
queríamos dormir, llorábamos y lo decíamos o nos dormíamos, no
estábamos con el pendiente de ¡ah pero tenemos pendientes! Si queríamos a
alguien o por el contrario
nos caía mal, le haciamos fiestas o lo
rechazábamos, si queríamos ser astronautas, bomberos, o marcianos o
piratas o arquitectos, pues lo eramos sin tanto desmadre.
¿En que
momento se pierde toda aquella confianza y decisión? Cuando crecemos nos
hacemos más responsables y maduramos, pero nos llega de premio la
contradicción y la indecisión.
No conozco a alguien 100% decisivo y
0% contradictorio; eso no existe, somos humanos y conforme vamos
creciendo nos vamos llenando de dudas, certezas, decisiones, errores, o
cicatrices como suelen decirles algunos y otros, experiencias.
Al final nos convertimos en varios en uno solo.
Y sí, suena contradictorio.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario