martes, febrero 28, 2017

Entre la Lógica, Aristóteles y la Serendipia I


“Mientras esperaba que tocara mi turno para pagar en el Wal-Mart volteé hacia mi izquierda y me fijé en ella.

Era bonita, como esas chicas bonitas que te encuentras en la escuela. La bonita popular que todo mundo quiere con ella. La inalcanzable. Ví que tomó una revista de chismes (léase TVNotas) y mientras mi lógica me decía “Ataca” y se preparaba como hombre de mundo, mi Aristóteles me susurraba que inclinara mi cabeza ante ella para rendirme a sus encantos.

Ella continuó su lectura con una revista de deportes. -¿Le gustará el mismo equipo que el mío?- Pensé - ¿De verdad le gustará leer eso? - Vamos, eso no lo hago ni yo, y no es que me considere un hombre que no ama los deportes pero soy más de vivirlos que leerlos. 

Cruzamos miradas y seguimos nuestro camino cada quien a su caja, a su pago y a su auto.

(Y es aquí donde entra la Serendipia), ¿conoces esa bella palabra llamada Serendipia?”

A mi me recordó a aquel cuento que tenía de niña donde un dragón muy bonito y rosita llamado Serendipity buscaba amigos y los fue encontrando sin buscarlos. Así que le hice ese comentario.

El sólo volteó hacia arriba en ademán de ¡Ay Dios! y prosiguió:

“Pues Serendipia entró en acción”- Me imaginé al dragón rosa en el estacionamiento de Wal-Mart pero no dije nada por miedo a matar aquella escena.

“Entre su Grand Cherokee, y mi automóvil había un Nissan rojo que algún idiota (al cual agradezco hoy) lo atravesó en el camino de tal forma que solo salía su camioneta si yo quitaba mi coche. No preguntes no hay lógica alguna”.


“¿Vas a salir?- ella me preguntó


“No babas, aquí vivo en mi auto en el súper” - respondí…mentalmente claro porque soy un caballero y jamás contestaría así. “Si dame un momento”- fue lo único que alcancé a decir.

“¿Sí sabes manejar verdad?- preguntó. Si fue coqueteo fue bastante malo de su parte así que solamente le contesté “tanto estándar como automático” y se me cayó toda la admiración que sentí por ella”.

Tratando de quitarme al maldito dragón de la cabeza, veía sus ojos claros y escuchaba su relato. E hice un ademán muy mío cuando estoy realmente interesada en la plática: apoyar mi cabeza en mi mano y meter mi dedo meñique entre mis labios. Que debo confesar que ese ademán es una señal de advertencia a la cual, como siempre, nunca le hago caso.

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